Sentimientos y actos inconfesables se esconden bajo la máscara de lo cotidiano. Son verdades que decidimos tocar desde la superficialidad, que preferimos ver desde la distancia, logrando así acallar la consciencia colectiva.
Conseguir seguir viviendo en nuestro mundo individual y hecho a medida es el objetivo, aunque para ello sea necesaria una venda invisible que nos haga inmunes al dolor ajeno.
El silencio y el olvido hacia las víctimas del dolor y la ausencia nos convierten en verdugos, pero también nos transforma en víctimas a nosotros mismos.
La soledad, la oscuridad, el deseo, el miedo,… son sentimientos arraigados en el alma humana desde el principio de los tiempos. En un mundo prácticamente aséptico, el morbo que despierta el dolor ajeno es bien valorado desde la distancia en una sociedad que permite y luego niega todo.
Esta obra trata de enfrentar al sujeto a sensaciones y sentimientos contradictorios, invita a correr el riesgo de ser espectadores de la degradación del ser humano. Degradación que en ocasiones se inicia en el interior del individuo y se arrastra sigilosa corrompiendo la realidad, provocando marginación en lugares imposibles.
Se intenta, a través de 30 imágenes, mostrar un tortuoso camino de tristeza e impotencia, de soledad y de muerte. Pero ante todo es una alegoría a la inocencia perdida. Aún así, en cada paso de este particular via crucis la esperanza trata de aflorar, de salir a la luz de una manera sutil pero real.
Y al final del camino, más allá incluso que la muerte, está el redescubrimiento. La reflexión interior que lleva al entendimiento de que la LIBERTAD es una elección. Que las cadenas que nos atan son casi siempre autoimpuestas, que existe la opción de soltarlas y dejarlas atrás. La valentía de una decisión: ser libres o permanecer encarcelados para siempre.
La muerte personal, aquella que lleva a la desaparición del ser humano como individuo único, más allá de la profundidad de la herida, es sólo un paso previo a la reinvención… si es que esa es la elección final.
Conseguir seguir viviendo en nuestro mundo individual y hecho a medida es el objetivo, aunque para ello sea necesaria una venda invisible que nos haga inmunes al dolor ajeno.
El silencio y el olvido hacia las víctimas del dolor y la ausencia nos convierten en verdugos, pero también nos transforma en víctimas a nosotros mismos.
La soledad, la oscuridad, el deseo, el miedo,… son sentimientos arraigados en el alma humana desde el principio de los tiempos. En un mundo prácticamente aséptico, el morbo que despierta el dolor ajeno es bien valorado desde la distancia en una sociedad que permite y luego niega todo.
Esta obra trata de enfrentar al sujeto a sensaciones y sentimientos contradictorios, invita a correr el riesgo de ser espectadores de la degradación del ser humano. Degradación que en ocasiones se inicia en el interior del individuo y se arrastra sigilosa corrompiendo la realidad, provocando marginación en lugares imposibles.
Se intenta, a través de 30 imágenes, mostrar un tortuoso camino de tristeza e impotencia, de soledad y de muerte. Pero ante todo es una alegoría a la inocencia perdida. Aún así, en cada paso de este particular via crucis la esperanza trata de aflorar, de salir a la luz de una manera sutil pero real.
Y al final del camino, más allá incluso que la muerte, está el redescubrimiento. La reflexión interior que lleva al entendimiento de que la LIBERTAD es una elección. Que las cadenas que nos atan son casi siempre autoimpuestas, que existe la opción de soltarlas y dejarlas atrás. La valentía de una decisión: ser libres o permanecer encarcelados para siempre.
La muerte personal, aquella que lleva a la desaparición del ser humano como individuo único, más allá de la profundidad de la herida, es sólo un paso previo a la reinvención… si es que esa es la elección final.


















